miércoles, 9 de mayo de 2007

Historias marroquís (1)

"I got the routine, so drop another nickel
In the machine

I'm feeling so bad, I wish you'd make the music
Dreamy and sad"
(Billie Holiday, 'One for my baby [and one for the road]')

Círculos

Las miradas se acodan en esa especie de tambor metálico cóncavo en el suelo de Djema-el-Fna que nos ha distribuido concéntricamente. Entre ese foco y nosotros, de pie, un espacio sagrado lleno de noche, y tangencialmente los músicos, sentados. Todos menos el violinista y el intercesor, que todo gesto y palabra señala a los músicos, resigue el círculo negro, apunta al tambor, nos estira la palma de la mano, regresa al tambor. Los músicos no miran nada por sobre la luz de la lámpara de gas a sus pies.

¡Clin, clin! Las monedas golpean al tambor. El intercesor apunta negativamente a ellas y a los músicos, estira una vez más la mano, repetidamente, dice algo, en un rito infinito. Él sostiene el violín sobre su pierna, apoyada en un banquito de plástico, viste un opaco traje con chaleco, sus rizos flotan, su rostro es duro, mira fijamente por sobre todo, de vez en vez hace un pizzicato, o una frase pentáfona, para sí mismo. Los demás aguardan con sus instrumentos.

¡Clic! Un raro turista dispara, lo miran, intenta huir. ¡Dos dirhams! Una vergüenza parece decir el intercesor mostrándolos con el brazo en alto. Clin, clin, hacen en el tambor. Uno con un gorro de piel agita un billete, la escena se repite: billete en alto. Pero ahora, recoge las monedas y las guarda.

¡Tacata, tacata, tacatacata! El intercesor zapatea sobre el tambor como si rompiera el mundo. Los músicos mueven las manos. Tratratra, tratratra. Un ayudante toma dos cables blancos de alumbrado y los enchufa a una batería de auto conectada a un amplificador. Entonces termina de erguirse el violinista, cierra los ojos, los abre en blanco, o en negro, y su brazo va de un lado a otro, toca, toca, toca el cielo de tizna gris que huele a carne, a polvo, a grasa.

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