Música
En los Atlas —aquí hizo una pausa nostálgica y orgullosa— su hermana tiene dos camellos. Ah, Chadid. Esas montañas grandes, corpulentas como tú, y así de calladas, a penas caben en Marrakech.
Sobre la vieja alfombra, en esa habitación pequeña y cuadrada, había esa tosca joyería que sabías no venderías desde el momento de bajar de tu bicicleta para decirnos que eras Bereber, etc. El hambre, en cambio, se alivia con tajine.
Entre uno y otro ingrediente, entre una foto y otra, mucho te y alguna palabra. Encendido como las brasas, el radio desparramaba una programación extraña de bossanova, reggae, rai, gnawa y pop. Así de nómada como tus viajes condensados en nombres de ciudades de Marruecos, África del norte y Mali.
Después del aceite de oliva y la cebolla compartimos como un pan el silencio con Bob Marley. Atizabas el fuego y no lograba imaginar en tu narración a Alpha Blondy en esa misma pobre terraza. Meat, carottes, humo.
Sin convicción bostezaste un "español-españa-barça-ronaldinho". De un sobre recién llegado nos mostraste una foto tuya con una italiana sonriente. La miraste varias veces. Nos hiciste copiar tu dirección. Luego nombrábamos los grupos: ONB, Cheb Khaled, Ali Farka Touré... Preguntaste cómo es Europa, cómo es América. Hablamos de familias, de hermanos, amigos, tus cuatro hijos y tus ocho hermanos.
Patates, Ras-el-Hanout, olives. Entramos a otra habitación, más larga. Una manta al fondo, una bicicleta y una vieja antena de televisión del otro lado, todo bajo una cúpula blanca como los muros desnudos. Dijimos muy poco. Se mojaba un trozo de pan en el tajine, se doblaba prendiendo una patata, o una zanahoria, a veces no se atrapaba nada. Disfrutabas sirviendo refresco en los pequeños vasos del te.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario