lunes, 14 de mayo de 2007

Escritura automática (1)

Ir dormido en una cama elegante de latón sobre una carreta abierta a la noche por en medio de la calle, arrullado por los pasos de tren de unos caballos. Y la música salta montes. Un calor de bolsa de agua en el colchón. Agítanos. Gitanos. Gritarras, trompatas, sexáfonos. Que no debo leer hacia atrás, es escritura automática, no hay borraduras, ni vuelta atrás de las ruedas, las carretas no tienen reversa. Y automáticamente pienso en Ginsberg, y no he visto ninguna mente, ninguna mejor, aún menos a una generación. Pero oí oídos absolutos quedar pegados en los tímpanos helados. De limón. Dulces voces ingenuas de lengua extrema y suelta que calleron entre esposas e hijos. Es un arte de magia despertar lagañas aquí o allá entre gallinas gallos perros tierra polvo y alumbrarse el universo al soplar por una caña de fierro o frotar las cuerdas con colas de caballo, o los arcos de guerra convertirse en un cello y sus flechas hacer el amor (Kim-Ki-Duk). Y ¿cuál es la regla de todo esto, puedo distraerme, detenerme, pensar, hablar en voz baja, aletargar el rítmo (me gusta el acento en la í de reír, de rítmo, de mísmo)? ¿Por qué escribir? Porque es mejor a esta hora que intentar espiar por la ventana de quién es esa maleta con ruedas que suena de vez en cuando... a ver ¿con qué empecé? Con la cama, hamaca... tengo que intentar dormir.

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