domingo, 8 de abril de 2007

Fatalidad

Me habló en contra del refugio de la fatalidad. Estábamos en una fiesta, los muros grises, oscuro el rededor de sus ojos, negra su ropa, su mirar sin fondo, su blanco sonreír una caverna. Desaparecía en la noche del balcón después de liar perfectos cigarrillos. Sin la fatalidad se es insondable noche.

Fuera de ese refugio hay nada. Vacuos son los nombres, profesiones, el tiempo, los países; hipócrita empezar una conversación con ellos. Mejor es observar callado en un rincón. Mejor es ver cabellos, dientes, encías, manchas de vino, patatas, arrugas, poros. Mejor es ignorar las fechas, los apellidos. Mejor ser nada, llegar apenas, hablar de nadie, o del mañana, que siempre es mentira, o sueño.

Más tarde hallé una minúscula llave. Es de buena suerte —dijo ahora otra voz, vibrante, hablándome, tal vez por mí, de gitanos y de Rumania, perfil apuntado, colores en su larga falda. En la fatalidad del perpetuo errar debe existir la suerte. Aún la guardo en el llavero.

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