Y en otro lugar: la cortina metálica ni color tenía. En seguida que te agachabas ya estabas dentro. Brillaban en el humo las putas de grandes vestidos plásticos plateados. Miradas acosantes. Calor de cazo. Mobiliario en cemento imitación de café americano de los años 40. Metimos monedas a la enorme máquina de música: para los de sombrero rancheras, muchas otras para la concurrencia añeja, y al último sólo una de rock para nosotros. Subimos al tapanco entre chillidos de olores. Armellas en el techo de las que en otro momento colgaban en canal animales. La mesa con círculos socavados en la madera por las botellas de cerveza. ¿Dónde se sentaba William Burroughs? ¿Venía con su mujer? Tal vez era falso, pero podría ser un bar de Naked Lunch. La carta era oral y el menú únicamente Corona o Victoria. En alguna ronda sonó Anarchy. Los policías vetustos de al lado impedían a un dark hablar de futbol. Durante las horas en que nos vendieron flores, cigarros, fuego, los agentes del orden saciaron el área de su mesa con decenas de botellas. Sus camisas abiertas mostraban el estremecimiento de sus barrigas aplastando las pistolas mientras acosaban violentos al chico —"pendejo, te vistes así y no sabes quién escribió Drácula"— cuando subió el mesero: "hagan el favor de pagar, caballeros." El más alto se irguió: "¡Ni madres cabrón, qué pagar ni que chingados!" Las patas de las sillas aullaron y los vidrios tintinearon. El cobrador sólo inclino la cabeza hacia un lado y rayaba puntos en la libreta. Todo el ruido se detuvo. Y justo entonces sonó el rock... "¡Eso es música y no mamadas, pendejo!", dijo con un puñetazo a la barandilla el policía, "¡a güevo, es Sting, güey, ten tu puto dinero, y tú pinches pelos parados, el que escribió Drácula es bra-ian sss-too-queeee-rrr, y eso es música cabrones!"
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