domingo, 28 de enero de 2007
Sants Estació
Busca delante de la puerta del edificio, después de la larga noche, pero no encuentra las llaves. Nadie responde en casa a esa hora. Minutos más tarde, o temprano, descansa en la banca frente al restaurante, en Sants Estació. Piensa en el desayuno que pedirá mientras desfilan apresuradas sombras con esquís, maletas, parejas. Y de pronto su cabeza cuelga hacia un lado. Tal vez ha roncado. El vigilante lo mira. Él mira, por respiros, a veces. Las rojas manecillas del reloj, los padres esperando, los hijos esperando, los amantes esperando. El sonido de las ruedas, anuncios de andenes. Sants Estació, sólo partir o llegar. Él sueña que se pregunta: ¿vengo o voy, dónde, quién soy, quién me espera, qué espero? No es una casa, Sants Estació, no es un lugar, no es un tiempo, ahí todo desaparece, todo es un sueño. La señora del sombrero ya no está. Ni su enorme maleta. El vigilante sigue. Afuera brilla el sol, tan frío. Que máquina tan rara, Sants Estació. Él intenta despertar y lo logra. Entre la ansiedad que termina en abrazos, de bienvenida, de despedida. Y los últimos besos de siempre, y las últimas palabras de siempre, y los últimos anhelos de siempre. Él se pone de pie, y sale, rumbo a su casa. ¡Hay tantas puertas en Sants Estació!
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